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R E S T E M P L I - ESPECIAL - Nº LX (04/06/2006)

Templarios en el Bajo Aragón

Viernes 19 de junio de 2009, por 01 Inmaculada Casado

Te envío la nota efectuada recientemente a Jesus Avila. Un tat, Mary-Su

R E S T E M P L I - ESPECIAL

Nº LX (04/06/2006) - AÑO Nº VIII A.T. DCCCLXXX I X

El boletín no periódico de noticias y actualidad de la Orden del Temple

Por la Unidad, Fortaleza y Fraternidad de la Orden Soberana y Militar de Jerusalem

n.n.D.n.n.

© 2001 - 2008 Asociación Orden de los Caballeros Templarios. Pers. Jur. 994/03 Reservados todos los derechos. Se autoriza la reproducción de esta obra citando la fuente. Las notas firmadas no representan necesariamente el pensar del Priorato General de Argentina.


Índice

- Templarios en el Bajo Aragón

- Contactos, Paginas Web y Consejo de Redacción


Templarios en el Bajo Aragón

Entrevista al escritor Jesús Ávila Granados Por Sor+ Mary-Su Pizzorno

La Orden del Temple está íntimamente relacionada con las Cruzadas. Esta apasionante historia tiene un punto de partida: el año 1118, durante la I Cruzada, y termina 196 años después, exactamente el 18 de marzo de 1314, con el fallecimiento en la hoguera del último gran maestre Jacques Bernard de Molay, justo cuando se estaba ultimando el proyecto de la última Cruzada. Se llamaron, también, Orden de los pobres caballeros de Cristo y del Templo de Salomón.

En 1118, tras la conquista cruzada de los Santos Lugares, la ciudad tres veces santa –Jerusalén- estaba gobernado por las fuerzas cristianas, a cuyo frente, y también de los demás territorios ganados en Tierra Santa, se encontraba el rey Balduino II. Fue en aquel tiempo, cuando Hugues de Payns y ocho caballeros más -ninguno de ellos vinculado con la Iglesia-, fundan una nueva orden de Caballería…una especie de mezcla entre soldados y monjes.

Se les otorgó el trabajo de garantizar la seguridad de los innumerables peregrinos que, desde todos los puntos de la Cristiandad occidental, emprendían el arriesgado viaje hacia Tierra Santa, en los confines del Mediterráneo oriental, y después, ya en suelo firme, el peligroso trayecto desde el puerto de Jaffa hasta Jerusalén.

Se dice que habitaron una antigua mezquita de al Aqsa, a donación de Balduino II, donde se emplazara el segundo Templo de Salomón –de ahí el nombre de “templarios”-. Algunos misterios rodean a esta Orden, de los más mencionados es el que explica que en los primeros diez años no dejaron que entrasen nuevos miembros a la Orden porque estaban realizando una excavación secreta en los sótanos del templo en busca, supuestamente, del Arca de la Alianza, y también de los demás objetos más emblemáticos y sagrados del Cristianismo.

Durante aquella primera década, la Orden del Temple, no hizo otra cosa que proteger a los numerosos peregrinos que llegaban a Tierra Santa. Y en 1128, en el Concilio celebrado en la ciudad francesa de Troyes, reciben la Orden de San Agustín, y, con el respaldo de San Bernardo de Claraval -que además fuera el mentor de los caballeros de la nueva cruzada- el apoyo oficial y establecimiento oficial de la Iglesia. Bernardo de Claraval, una de las mentes más lúcidas del mundo medieval, fue, por tanto, el principal valedor para adaptar al Temple a la dura regla del Císter. Así quedan organizados, dentro de la vida monacal pronunciando los tres votos de pobreza, castidad y obediencia más la obligación de comulgar y dar limosnas tres veces al día. Estos votos, dispensados por la Santa Sede, hacen que los Templarios se conviertan en verdaderos monjes y en una orden religiosa plena. El cuarto voto iba ligado a las Cruzadas y les otorgaba el carácter de militares.

La decadencia del Temple no se inició con la detención y proceso de sus miembros (en 1307); ya mucho antes, estos caballeros estaban en el punto de mira de las dos grandes fuerzas del mundo occidental: por una parte, el monarca francés, que estaba endeudado hasta las cejas con el Temple, y por otra, la misma Iglesia, que no veía con buenos ojos no sólo ese poder, sino su influencia en la sociedad. La acumulación de riqueza era consecuencia de las innumerables actividades financieras que estos caballeros estaban desarrollando, convirtiéndose en el primer sistema multinacional bancario de su tiempo; en cuanto a los intereses que percibían por las mismas operaciones, era del 10 % -mucho más razonable que las que cobraban los judíos, que era del 40 %-; el inmenso poder alcanzado por el Temple, en todas las áreas del tejido social, no tardó en levantar envidias. Y, ante todo ello, la Iglesia, entonces ubicada su sede en la ciudad de Avignon, cuyo pontífice Clemente V, dependía del monarca francés, no dudó en declararlos herejes y condenados por unos crímenes de los que no se ha podido comprobar. Con la suelta de amarres de la escuadra templaria, fondeada en el puerto de La Rochelle, en la costa atlántica francesa, se inició el ocaso de esta singular historia que finalizó en París, con la quema del último gran maestre, antes citado, y fue entonces cuando se inició la leyenda de los más enigmáticos caballeros que haya conocido el mundo medieval.

Pero para hablarnos de este interesante tema, que tanta relación tiene con las ciudades, pueblos, aldeas y lugares del Bajo Aragón, en el centro oriental de la región aragonesa, queremos entrevistar a un estudioso del tema, considerado entre los grandes expertos en la materia, que ha tenido la deferencia de abrirnos nuevas perspectivas sobre esta Orden de monjes guerreros que fue determinante en todo el mundo occidental. Se trata del periodista y escritor español Jesús Ávila Granados (web: www.jag.es.vg); autor de 62 libros; entre los cuales: “La mitología templaria”; “Enclaves mágicos de España”; “El libro negro de la historia de España”; coautor de “Codex Templi”; “La mitología cátara”; “Las sombras del terror”; “Matarraña desconocido”; “La profecía del laurel”; éste último, novela histórica que consideramos obra clave para comprender una parte importante de la historia del Temple, y su relación con los cátaros, en la última etapa (comienzos del siglo XIV), editado por Planeta, ya se está traduciendo a cinco idiomas, y en proceso de ser llevado a la pantalla.

“Los templarios fueron los grandes protagonistas de la Europa medieval, cuyos caballeros fueron el nexo de unión entre las culturas más gnósticas del mundo oriental y las atlánticas; en medio de tales dimensiones, el mítico Mediterráneo, canal de comunicación de pueblos y civilizaciones a lo largo de los tiempos. Por ello, la Orden del Temple, que supo muy bien comprender todos y cada uno de los credos de su época, así como las más profundas filosofías, consecuencia de los elevados conocimientos adquiridos por tales intercambios, no tardaría en ser condenada por la Iglesia, que calificó a sus caballeros como herejes, y perseguidos y quemados, como antes había ocurrido con los cátaros en tierras del Languedoc….”, comenta con especial énfasis Jesús Ávila.

Converge Ávila Granados, con otros estudiosos, cuando apunta que fue su doble condición: la de militares y religiosos la que les empujó a crear una amplia red de suministros por los territorios hispanos. Esto es importantísimo, ya que esta red de suministros eran centros de producción gestionados que se llamaban encomiendas y que, administrativamente hablando, equivalen a explotaciones agropecuarias con el resultado de generar importantes riquezas. Esta administración Templaria ya sorprendió, y al juzgar por el devenir de los tiempos no siempre gratamente, al resto de estamentos sociales, sobretodo a parte de la nobleza y del clero.

En sus numerosas colaboraciones con los medios, Jesús Ávila ha dejado impresas muchas reseñas que nos pueden ayudar a entender cómo fue el paso de Los Templarios por estas tierras del antiguo Reino de Aragón, y más allá de sus fronteras.

P.- ¿Pero cómo fue la relación de estos caballeros con las tierras del Bajo Aragón?

R.- “Los templarios se establecen en el Reino de Aragón a partir de 1130, año de la construcción de la fortaleza de Granyena de la Segarra, en tierras de Lleida; mientras que la segunda sería el castillo de Barberà de la Conca, a pocos kilómetros al norte de la ciudad de Montblanc; recibiendo desde el principio un exquisito trato con beneficios y muchos privilegios en todas las vertientes que demandaba su implantación. Para empezar a sacar un mejor beneficio de estos privilegios, y al igual que se estaba llevando a cabo en otras provincias del mundo occidental y en Tierra Santa, se organizó el territorio en encomiendas (especie de explotaciones agropecuarias de nuestros días), siendo éstas rurales, urbanas y militares. Los gobernantes facilitaron su integración, pero el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV quien les ayudó más, consiguiendo que los templarios se desplazasen unidos a la conquista de nuevos territorios dependientes de al-Andalus. El curso del Ebro fue uno de los principales campos de acción de esta Orden. No es una casualidad, por lo tanto, que la mayor concentración de encomiendas y lugares vinculados con el Temple de nuestra geografía hispana se localice en el triángulo formado por las provincias de Tarragona, Teruel y Castellón. En medio enclaves tan célebres e importantes como: Gandesa, Horta de Sant Joan, Miravet, Batea, Bot, Tortosa, al norte; Beceite, Valderrobres, La Fresneda, Castellote, Cuevas de Cañart, Bordón y Cantavieja, al oeste, y Coves de Vinromà, Sant Mateu, Benasal, Peñíscola, Albocácer, Alcalá de Chivert, Culla y Adzaneta, al sur”.

P.- ¿Cómo fue la relación de los templarios con estas poblaciones?

R.- “A los templarios les fascinó desde un principio las tierras del Bajo Aragón, y también las correspondientes a las vecinas provincias de Tarragona, al norte, y Castellón, al sur. Concretamente en el pueblo de Bordón, entre Calanda y Morella, se conserva una enigmática iglesia -dedicada a la Virgen de la Carrasca, imagen negra que goza de una profunda veneración-, cuyo interior está cargado de símbolos, con el Baphomet grabado en la clave de la bóveda de la construcción octogonal, numerosas cruces patés y otros enigmas del Temple; el mismo santuario de la Virgen de la Balma, a donde se llevaban a quienes eran calificados de poseídos por Satanás, en Sorita del Maestrat, encierra numerosas claves histéricas, desde la propia construcción rupestre, a la orientación de su altar, los símbolos de las paredes, el nacimiento del agua cristalina, etc. Algo más lejos, hacia el interior de la provincia de Teruel, en Montalbán, los templarios –de los que los historiadores locales no se han ocupado, porque sólo hacen referencia a los santiaguistas- excavaron las entrañas de la villa, cuyas galerías subterráneas aún se conservan; además, la iglesia parroquial está levantada sobre una profunda gruta de iniciación, donde se alza el altar de ceremonias junto a un nacedero de aguas frescas y potables; el torreón de las cuatro puertas fue también obra suya; no es extraño que en Montalbán hubiese una activa comunidad judía, cuyo arrabal está bien documentado, aunque esperando un pronta rehabilitación”.

P.- ¿Por qué la zona del Maestrazgo les llamó tanto la atención?

R.- “Se trata de un tema del mayor interés. Aparentemente, los territorios comprendidos en el Maestrazgo –que deriva de ‘tierras del Maestre’- no debían despertar el mayor interés para el colectivo social de los siglos medievales; eran tierras ásperas, de cultivo en secano, obligadas a recibir el agua extraída del subsuelo, a base de norias o aceñas de origen andalusí, y los campesinos y pastores resguardarse, en los tiempos mayor frío, dentro de construcciones realizadas en piedra seca –patrimonio que actualmente no sólo se conserva, sino que también sigue en uso-; pero los caballeros se interesaron por el Maestrazgo por varios motivos: para la práctica de la ciencia alquímica, en castillos como el de Culla; como territorio de evasión, en donde instalar a los numerosos colectivos cátaros que, desde mediados del siglo XIII, bajaban en maltrechas condiciones desde su Languedoc natal, fijándose en la ciudad de Sant Mateu el principal núcleo receptor, que, al mismo tiempo, gracias a estos colectivos, se convertiría en el mayor centro productor de lana del antiguo Reino de Aragón. También les atrajo la bondad de las aguas termales de Benasal, cuyo nacedero fue protegido por dos torreones; uno de los cuales aún se conserva”.

P.- ¿Pero el sentimiento de las gentes hacia los templarios desapareció con la muerte de Jacques de Molay?

R.- “No. Precisamente en este marco geográfico en donde nos movemos, el sentimiento de afecto hacia los caballeros templarios se mantuvo mucho tiempo más; como lo confirman documentos que se han conservado de la villa de Horta de Sant Joan (Terra Alta), y en diferentes poblaciones de la provincia de Teruel; entre las cuales, Villafranca del Cid, en donde se sabe que, en 1358, se produjo una rebelión popular, como consecuencia de los abusos cometidos por el clero dirigido desde los estamentos de la Iglesia de Morella, y el poco respaldo que tuvieron por los caballeros sanjuanistas, nuevos señores del municipio -quienes "heredaron" los territorios y poderes materiales del Temple, tras la caída en desgracia de los templarios-, dando lugar a la independencia del municipio, que se mantuvo durante 11 años, hasta que el monarca Pedro IV el Ceremonioso, devolvió esta villa a Morella. Estos problemas no se tuvieron cuando estaban los templarios, porque éstos siempre se mantuvieron en estrecho contacto con las gentes, además de bisagra de las tres culturas de la España medieval. Muchos son los elementos que siguen un tanto ocultos u olvidados en esta mágica tierra de Teruel, y el Matarranya, el Maestrazgo, el Bajo Aragón y las Terres de l’Ebre, ocho siglos después, siguen desempeñando un papel de primer orden para ir desvelándolos; enclaves que es al viajero, y no al turista, a quien le compete el reto de ir desvelando, con los cinco sentidos, a través de las claves y los símbolos conservados a lo largo del tiempo y la historia”.

P.- ¿Y las fortalezas?

R.- “La Orden del Temple, en estas tierras de la Corona de Aragón, dejó una profunda huella en forma de patrimonio arquitectónico siendo, además, un influyente componente que fue forjando e influyendo en los designios de su historia. Debido a la importancia estratégica de este territorio, los templarios vieron la imperiosa necesidad de levantar una serie continuada de fortalezas, desde Monzón, en el Cinca Medio (Huesca), pasando por el Gardeny, en la ciudad de Lleida, sobre el curso del Segre –principal afluente de Ebro- hasta Tortosa, pasando por Miravet, y continuando luego en Peñíscola, ya en la costa mediterránea, además de los castillos del interior, algunos de los cuales ya citado anteriormente. En Castellote, concretamente, así como sucedió en Miravet, y en Jerez de los Caballeros (Badajoz), a comienzos del siglo XIV, sus defensores templarios lucharon hasta la última gota de su sangre contra los atacantes, que no fueron precisamente hispano-musulmanes, viviéndose escenas sobrecogedoras. Todo ello no sólo confirma el apego que los templarios tenían hacia estas fortalezas, sino también la amplitud territorial del antiguo Reino de Aragón, y la inusitada influencia que los templarios tenían dentro del mismo”.

P.- ¿Qué lugares templarios de nuestra geografía hispana siente una especial atracción para usted?

R.- “Siento una especial predilección por Aragón, Cataluña, Castilla y León, Navarra, Asturias, Castilla-La Mancha y País Valenciano...; pero también he tenido el júbilo de descubrir interesantes testimonios templarios en las islas de Mallorca y Menorca; en ésta última, un enclave sagrado relacionado con Santa Águeda, la mártir de la que San Bernardo de Claraval se nutrió de la miel que surgió de sus pechos cercenados, y que, a raíz de lo cual, recibió la inspiración celestial para la fundación de la Orden de los pobres caballeros de Cristo, embrión de los templarios. Lo importante del Temple en nuestro país no está en la grandiosidad de sus construcciones, sino en el valor del hermetismo y la comprensión de su mensaje, la cual facilito a través de las claves que aporto en ‘La mitología templaria’. Entre algunos de estos escenarios que considero de visita obligada; el castillo de Miravet (Tarragona); Bordón (Teruel), el santuario de Horta de Sant Joan; el castillo y villa de Alcalá de Chivert, la población y alrededores de Castellote, Montalbán, con todas sus claves urbanas; el castillo de Culla; la derruida iglesia de Sant Miquel, en la parte más alta de Coves de Vinromà; el nacedero termal de Benasal; la villa de Beceite, la ermita de peregrinaje de los Ángeles, en Sant Mateu, construida sobre un manantial de aguas milagrosas, que contó con una Virgen negra, y un largo etc.; numerosos de estos lugares los cito en ‘La profecía del laurel’, que ayudarán a comprender gran parte de los enigmas templarios en estas tierras del valle inferior del Ebro”.

P.- ¿Háblenos algo más sobre esta apasionante organización religioso-militar?

R.- “Estaríamos hablando días enteros, y no agotaríamos, en absoluto, el tema. Siguiendo un cierto orden de acontecimientos históricos, quiero recordar que en 1134, el monarca aragonés Alfonso I “el Batallador”, persona estrechamente próxima a la Orden, falleció dejando en su testamento instrucciones para que todo su reino pasara a los templarios y a los hospitalarios; pero ni la Iglesia ni la nobleza aprobaron estas decisiones, a pesar de haberlas dejado bien claras en sus última voluntad. Entre otras donaciones está la de la reina aragonesa doña Petronila, quien no dudó en conceder a los templarios la quinta parte de los territorios conquistados a al-Andalus; consecuencia de ello, fue la fortaleza de Gardeny, en la ciudad de Lleida, que no tardaría en convertirse en una de las encomiendas más fuertes de todo el Reino de Aragón, de la cual dependía la Torre Sala, de Les Borges Blanques, a donde los templarios trajeron por primera vez a la península Ibérica la variedad arbequina, desde Tierra Santa. Pero es importante recordar un factor de suma trascendencia para la historia que nos ocupa, que marcará parte del destino de los templarios: en 1172 estos caballeros se vieron libres de cualquier jurisdicción episcopal y, de esa forma, sólo debían rendir cuenta al Pontífice, o al Gran Maestre, que casi siempre se encontraba en Jerusalén. Medida que, como es fácil suponer, no tardaría en levantar recelos dentro de la propia Iglesia, cuyos ministros no predicaban con su propio ejemplo, puesto que nada tenía que ver sus sermones de los púlpitos, con la vida que hacían, y odios desde el poder civil”.

P.- ¿Qué sucedió en Hattin?

R.- “Hay algunos acontecimientos, realmente dramáticos, que golpean con fuerza a la Orden del Temple, y que ha servido a quienes más odio y envidias tenían hacia ellos para recordarlas en todo momento. Uno de estos lamentables episodios fue el desastre de los Altos de Hattin, rincón geográfico enclavado al norte del mar de Galilea (que se corresponde con la zona llamada actualmente como “Altos del Golan”), en donde por una imprudencia del gran maestre Renaud de Châtiller, el 3 de julio de 1187, morirían más de 15.000 caballeros templarios, derrotados por las tropas seldjúcidas (turcas) de Saladito. Este acontecimiento genera un antes y un después: desde esa fecha, los templarios ya no intervendrían en tantas acciones militares; sus acciones se dirigirían más en desarrollar ayudas humanitarias y socio-culturales, y en el caso de España, acercándose a los colectivos marginales de las comunidades llamadas “heréticas” (judíos e hispano-musulmanes)”.

P.- ¿Y qué nos dice del Matarraña?

R.- “Fuera de las fronteras de lo que podríamos llamar a modo de fábula ‘país de Cazarabet’, se encuentra una de las comarcas más interesantes de la geografía aragonesa, estrechamente vinculada con el Bajo Aragón, al NE de Teruel, y a caballo entre las provincias de Tarragona, al norte, y Castellón, al sur; se trata de uno de los territorios más fértiles de la España interior, regado por el Matarraña y sus poderosos afluentes, que nacen en los Ports de Bezeit. El Matarraña no pasó desapercibido para los templarios, quienes se enamoraron de sus encantos. Por ello, no es casualidad que en numerosas de sus poblaciones encontremos muchas de sus claves, en forma de monumentos arquitectónicos y escultóricos (Beceite, Cretas, Valderrobres, La Fresneda, Peñarroya de Tastavins, Valjunquera, Fuentespalda, Ráfales, etc.), manteniendo estrechas relaciones con las encomiendas de los territorios catalanes, aragoneses y valencianos del antiguo Reino de Aragón. En Fuentespalda, precisamente, se conserva el antiguo ‘fossar’ (camposanto), con numerosas cruces que evocan la estrella de doce puntas del Languedoc, evidenciando la naturaleza cátara de quien está allí reposando; lo que confirma la protección que los buenos hombres tuvieron en el Matarraña por parte de los templarios; otro dato que avala la presencia del Temple en el Matarraña es, sin duda, la abundancia de iglesias dedicadas a alguno de los cuatro santos predilectos por los magos templarios (San Miguel Arcángel, San Juan Bautista, San Bartolomé y San Julián); además, en la iglesia parroquial de Valderrobres, puede admirar un extraño rosetón en forma de triángulo equilátero, que es la representación del octágono, a modo del ojo de Dios padre, el gran arquitecto del Universo; o la ermita de San Bernardo de Claraval, en la villa de La Torre de Arcas, en cuyo interior se aprecia el momento cumbre de la entrega por parte de este santo mentor a los nueve caballeros originales de las reglas de la nueva Orden”.

P.- ¿Y cómo fueron los últimos episodios de la historia del Temple?

R.- “Lo mismo que les sucediera a los cátaros un siglo antes, a comienzos del XIV los templarios se encontraron de frente con la Iglesia, y el poder sin límites de su brazo armado: la Inquisición. Esta amenaza, unida a que la Orden ya no esté bien vista desde las diferentes filas eclesiásticas, además del endeudamiento hasta las cejas por parte del monarca francés Felipe IV “el Hermoso”, quien manejó a su antojo a la cúpula de la Iglesia, entonces en la ciudad de Avignon, para que secundara esta iniciativa suya de exterminio de la Orden, motivó que el Temple, con las finanzas traídas de Tierra Santa, llevase a cabo la permuta de la ciudad de Tortosa por varios enclaves de Castellón (Peñíscola, Ares del Maestre, Coves de Vinromà, Albocàsser…), surgiendo el territorio del Maestrazgo, fijándose la capital en la villa de Sant Mateu, plaza fuerte de la que hemos citado anteriormente en varias ocasiones, y en donde, en 1319, surgiera la Orden de Montesa, que se nutrió con buen número de efectivos templarios”.

P.- ¿En qué otros factores destacaron los templarios?

R.- “En el colectivo humano del Temple, había guerreros, freires, servidores y magos; éstos últimos, que eran un 5 % aproximadamente de todo el contingente templario, constituían el poder decisorio e intelectual de la Orden; los únicos conocedores de lo esotérico, de los ritos iniciáticos; fueron también buenos médicos, alquimistas, matemáticos, constructores, ingenieros, etc. etc.; uno de estos médicos sanó a Ramon Llull, en la isla de Chipre, cuando, durante la travesía que le llevara de la ciudad de Palma a Tierra Santa, el ‘Doctor Iluminado’ fue envenenado por sus propios servidores, sobornados por el pontífice. Los templarios recuperaron el culto a la Virgen María, también instauraron el de Santa Ana -la Madre de la Madre-, potenciaron la concepción del número de oro en las construcciones sagradas, fomentaron el libre comercio, crearon la letra de cambio y protegieron a los peregrinos a los grandes centros de romería de la Cristianidad (Jerusalén, Roma, Santiago y Rocamadour), en forma de certificados de vida, fundación de hospitales, creación de hospederías y la potenciación de la enseñanza a nivel general de la sociedad; por no decir de la creación de nuevas rutas comerciales, tanto terrestres como marítimas, y las construcciones de las grandes catedrales, que no se hubiesen podido llevar a cabo en una Europa en penuria, a no ser por las aportaciones de las riquezas traídas de ultramar…; mucho le debe, por tanto, la sociedad medieval al Temple, en todos los sentidos, y nunca le habremos reconocido lo suficiente cuanto estos caballeros hicieron por el desarrollo de la cultura, la ciencia y la economía del viejo continente”.

P.- Un verdadero debacle socio-cultural.

R.- “En efecto, la condena de la Orden, promulgada a partir de 1308 por el pontífice Clemente V, en bula lanzada desde la ciudad de Avignon a todos los príncipes cristianos, de arresto inmediato a los templarios en sus feudos, con la justificación de trece cargos acusatorios, significó el principio de un fin demoledor para el futuro del continente; recordemos, además, que el Temple, desde la vertiente de justicia, supo administrar con equidad los bienes de todos los colectivos del tejido social de la España medieval (judíos, cristianos e hispano-musulmanes); ellos, al mismo tiempo, permitieron el diálogo intercultural, fomentando la comunicación entre las comunidades, cuestión que tanta falta hace en nuestros días. Pero si en Francia las encomiendas se entregaron sin desnudar las armas; en nuestro país se vivieron momentos de sobrecogedores; tenemos los ejemplos de Miravet, en Tarragona; de Castellote, en el Maestrazgo de Teruel; de Monzón, en Huesca, y de Jerez de los Caballeros, en la Baja Extremadura; en todos los casos, los caballeros lucharon hasta su última gota de sangre, y no contra las fuerzas de al-Andalus, sino contra contingentes armados cristianos…; a todos aquellos valientes les dedicamos estas líneas”.


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