KonoZer ARAGÓN

[Notas sobre la alteridad del sujeto en la obra de Rómulo Royo].

Videncia, velamiento, ceguera.

Por Fernando Castro Flórez.

Miércoles 18 de marzo de 2009

Deseo (abismal) de ver.

“El artista es alguien en el que el deseo de ver a la muerte al precio de morir le arrastra al deseo de producir”2.

La comunidad de los siameses.

Rómulo Royo ha convertido el tema de los siameses en eje central de su imaginación plástica. Ahí no está solo sedimentada la cuestión de especular o del reflejo sino que está alegorizando la posición del yo en relación con su entorno, esto es, el paso del otro a lo comunitario, sin caer, en ningún momento, ni en lo literalista ni en la retórica (panfletaria) de lo político. “En esta serie –escribe Rómulo Royo-, bajo el título de siameses se plantea la individualidad y la colectividad del hombre en esta sociedad asociándola con la figura de los siameses. Toda esta propuesta sobre la entidad siamesa son preguntas que se quieren plantear. La sociedad, implanta cada vez más la colectividad para evolucionar según sus criterios, dejando a un lado la individualidad e identidad, también importante para la evolución, la creación, la cuestión”3. Royo se plantea la cuestión de si somos únicos o somos masa, esto es, si tenemos una existencia singular o acaso somos siameses. “En los siameses, aunque se necesita del otro para vivir, hay una fricción entre ambos. Al vivir en sociedad y colectividad ¿no sucede lo mismo cuando queremos recuperar la individualidad e identidad?”4. Los siameses materializan la cuestión del mismo sentir aunque la distancia o la separación se imponga. En cierta medida lo que Rómulo Royo está formulando es la analogía entre el sujeto y la sociedad, vale decir, entre esa empatía de los siameses y la capacidad del cuerpo colectivo para sentir lo conflictivo: la catástrofe, la contaminación o la epidemia. Todo lo que nos trastorna o también aquello que nos paraliza y deja sin respuesta. Los semblantes enigmáticos, la corporalidad cruda de este artista interrogan al espectador, no son mero azogue ni superficie pulida antes, al contrario, nos llevan a un territorio en el que ninguna respuesta será la definitiva y nunca el sentido estará agotado.

Erotismo trasgresor.

Bataille considera que la dialéctica de trasgresión y prohibición es la condición y aún la esencia del erotismo. Campo de violencia, lo que acaece en el erotismo es la disolución, la destrucción del ser cerrado que es un estado normal en un participante en el juego. Una de las formas de violencia extrema es la desnudez que es un paradójico estado de comunicación o mejor un desgarramiento del ser, una ceremonia patética en la que se produce el paso de la humanidad a la animalidad5. Ante la desnudez, Bataille experimenta un sentimiento sagrado en el que se mezclan fascinación y espanto, en él surge la equivalencia con el acto de matar: el sacrificio implica tanto el horror vertiginoso cuanto la ebriedad6. La pasión nos compromete con el sufrimiento, siendo, en última instancia, búsqueda de lo imposible. Lo que designa la pasión es un halo de muerte, por éste se manifiesta la continuidad de los seres: “Las imágenes que excitan o provocan el espasmo final suelen ser turbias, equívocas: si entrevén el horror o la muerte, acostumbran a hacerlo subrepticiamente”7. El terreno del erotismo está abocado a la astucia, la muerte queda desviada sobre el otro. En la obra de Rómulo Royo late un erotismo que me atrevo a calificar como “sadomasoquista”. Las correas, los pinchos, el cuero, esas máscaras anómalas nombrar el placer que está en el límite del dolor. Aunque toda escena estrictamente sensual o incluso pornográfica está fuera de campo, en última instancia lo que vemos es inquietante, como si estuviera a punto de abrirse la puerta de los deseos más oscuros.

El rostro y la alteridad.

El rostro es lo inapresable de todo retrato, es una epifanía que no se puede nunca englobar. Variación y pequeña diferencia remiten a una repetición de desfondamiento, en la que se puede encontrar una potencia de simulación, esto es, junto a la eficacia del desplazamiento, el desfallecimiento de la apariencia en el disfraz8. Puede suceder que el rostro no sea más que el telón de una escena que no se manifiesta más que en entreactos, algo sometido a permanente metamorfosis, pero deshacer el rostro no es nada sencillo, Deleuze nos recuerda que se puede caer en la locura. No es azaroso que el esquizofrénico pierda, al mismo tiempo, el sentido del rostro, del suyo propio y del de los demás, el sentido del paisaje, el del lenguaje y sus significados dominantes. “Deshacer el rostro -se afirma en Mil mesetas- es lo mismo que traspasar la pared del significante, salir del agujero negro de la subjetividad”9. Sabemos también que la fantasía gobierna la realidad y que nunca se puede llevar una máscara sin pagar por ello en carne. El Otro puede tener las características de un abismo, de la misma forma que el orden simbólico se encuentra ocultado por la presencia fascinante del objeto fantasmático. “Lo experimentamos cada vez que miramos a los ojos de otra persona y sentimos la profundidad de su mirada”10. Conviene tener presente que cuando el sujeto se aproxima demasiado a la fantasía se produce el (auto)borramiento. Queda el arte como aphánisis11. La mirada de la Gorgona une, definitivamente, al sueño y a la muerte12. No cabe duda de que el rostro alterado es crucial en la obra de Rómulo Royo que pinta sobre papeles traslúcidos como si quisiera evocar, por citar a Valery, que lo más profundo es la piel. Glòria Bosch evoca en un texto publicado recientemente la estancia de Rómulo Royo en Marruecos donde está literalmente fascinado por rostros que se escondían tras un gesto: “con estos componentes de extrañeza, de marginalidad, que le provocan y provoca a través de la obra. Royo absorbe al ser humano con todas sus contradicciones y de la cultura le interesa la contaminación, el proceso de hibridación que se produce de igual manera en sus contenidos y en su manera de trabajar”13. Este artista contempla las razas, la multiplicidad de los hombres no como una rareza sino como posibilidad de llegar a aquello que nos une: huevo cósmico, planeta Tierra, andrógino primordial, cuerpo solidario14.

Cosas del cuerpo.

En verdad, nadie sabe lo que puede un cuerpo. Ecce Homo: el cuerpo es una llaga. Nuestra época está llena de cicatrices y tatuajes, aunque la mirada que si impone sea la del ojo sin párpado15. “Como en la Edad Media, la representación del cuerpo solamente parece tolerada si se presenta deshecho, fragmentado, desmembrado, o bien “repegado” o remontado según inauditos procedimientos”16. Pienso en el cuerpo suspendido cabeza abajo en la instalación de Rómulo Royo que tiene algo de radicalmente extraño o, mejor, espectral. Tenemos que recordar que, para Freud, el ejemplo “más fuerte” de la experiencia de lo unheimlich es la (re)aparición (en alemán, Spuk) del muerto17. Rómulo Royo no deja de dibujar cabezas acaso porque le asalte la imagen opuesta del hombre acéfalo18. No es fácil escapar de la cabeza19 ni podemos desembarazarnos de la sombra o del cuerpo. El rastro, el rostro, el límite y la corporalidad: cosas que son propias del sujeto.

Más allá del vacío porno.

Acaso las formas contemporáneas del exceso y el extraño placer que ha llevado a un desarrollo extremo de la estética de la mutilación sean la expresión de una radical infelicidad, aunque también pueden responder a la conciencia específica del porno de que ya no queda nada que desear. Frente a la mirada al lado o la cámara subjetiva, lejos de ese deseo teatralizado y, al mismo tiempo literalista20, Rómulo Royo propone un dibujo del sujeto que nos haga pensar en el otro, en ese lugar desde el que nos mira sin que nosotros podamos saber, a ciencia cierta, lo que ve.

Ceguera lúcida.

Tengo la impresión de que Rómulo Royo ha sabido dirigir la mirada hacia dentro o que incluso ha materializado la ceguera. Así algunos de los ojos de sus rostros están tachados, negándose la relación con el afuera. ¿Qué sería de la verdad, pregunta Bataille, si no viéramos aquello que excede la posibilidad de ver? La ceguera es la historia de un abandono. Lo más bello pasa a fundirse en los pantanos del recuerdo. Aunque no es, únicamente, la culpa y el dolor lo que aflora en esa imposibilidad para ver, porque la ceguera puede ser un don21. La fatalidad del espejo termina por transformar a la impotencia de los ojos en la condición de la videncia22. Acaso sea la ceguera, como pretendiera Paul de Man, una forma de la lucidez23 y la oscuridad pueda propiciar una fértil mirada interior. La pintura o el arte en general está siempre en el umbral, es lo que apenas puede tocarse o, mejor, aquello que marca distancias entregándose a la pura visión24. Puede que tengamos que cerrar los ojos para ver. Eso podría suponer que lo que necesitamos es el tacto de lo real ya sea para comprobar que ahí enfrente está una pared o para ver, de otra manera, ese vacío que nos mira25. Debemos advertir, con Lacan, que en un cuadro siempre podemos notar una ausencia: la de campo central donde el poder separativo del ojo se ejerce al máximo en la visión. En todo, sólo puede estar ausente y reemplazado por un agujero, que, en alguna medida, es el reflejo de la pupila. Por consiguiente, y en la medida en que establece una relación con el deseo, en el cuadro siempre está marcado el lugar de una pantalla central, por lo cual, ante él, el espectador está elidido como sujeto del plano geometral. Cuando Lacan señala que “lo que se contempla es lo que no se puede ver” alude a la búsqueda del objeto perdido, al circuito óptico y a las pulsiones que están condicionadas por el espejo a través del cual el deseo de ver nos hace presentes las cosas.

Fantasmagorías.

Rómulo Royo plantea una materialización fantasmal del otro en la que el sujeto puede llegar, como ya he indicado, a perder la cabeza. Tremenda conclusión: necesitamos la expropiación de la mirada, volvernos, momentáneamente, otros para soportar la soledad, la ausencia y la inexplicable demora del deseo. En una extraordinaria instalación de este creador un cuerpo emerge de la pared para quedar “reflejado” holográficamente; lo real y lo virtual de nuevo en una alusión a los siameses, a esos que acaso seamos todos. Rómulo Royo está metaforizando la vencidad de la seducción y de la angustia que, como advirtiera Lacan, no se genera por la pérdida del objeto incestuoso, sino por su proximidad. La entrega al goce obsceno, las visiones del mundo del deseo como un striptease perpetuo puede implicar la mezcla de lo raro con lo cotidiano, como también están fusionados el placer y la condena, el sentimiento de estar aprisionado, en la emergencia inevitable del miedo26.

Miedo y soledad.

En última instancia, el deseo es el miedo. Aunque lo que querríamos es, ciertamente, vivir de maravilla27. Lo que nos atrapa es lo real que, además, escapa a toda simbolización, es del orden de lo inefable28. Rómulo Royo medita y compone

dispositivos de soledad, manifestaciones de la pulsión enrarecida del que está solo29.

Carecemos de lugar común, estamos entregados a lo banal, derivando hacia lo destructivo, cuando la experiencia es ceniza30. Tal vez un arte que hace ver lo real31 tiene que recurrir al trompe-l ´oeil que lleva no tanto a lo perfecto cuanto a lo escatológico, al desecho32.

Rumbo a lo monstruoso.

Seguramente Rómulo Royo estará de acuerdo con Bataille en que el erotismo es la aprobación de la vida hasta dentro de la muerte. Y eso no es nada fácil de hacer: a veces nos gustaría arrancarnos los ojos para no ver eso que es lo extremo. Edipo no deja de inquietarnos33. Un deseo monstruoso34, junto a los sueños y los malos presentimientos, guía al artista hacia dominios de una intensidad radical. No hay belleza sin catástrofe e incluso castración35. El arte, en bastantes ocasiones, tiene que obligarnos a volver la cabeza o mirar de reojo, “porque no se puede perder de vista eso cuya vista no se tiene, eso que hace perder la vista”36. El ser en nosotros sólo se halla presente por exceso, cuando la plenitud del horror y la del placer coinciden. “El ojo no ve nada, no ve siquiera mientras mira. Está preso de la ceguera sin límites de la muerte”37. Rómulo Royo impone presencias corporales y rostros casi monumentales, atractivos y al mismo tiempo difíciles de soportar. Sus razas múltiples, sus siameses y sus cuerpos cabeza abajo remiten, una y otra vez, a la otredad es crucial en la vivencia contemporánea38. “Todo hombre que cree saber mantiene la cabeza cortada encima del espejo. Lo que lo condena a la fascinación (a la turbación erótica) es también lo que lo protege de la locura”39. El camino de la poesía, como Rimbaud apuntara vertiginosamente, lleva hasta lo infernal, hasta el lugar donde el yo está, en todos los sentidos, alterado. Ahí se produce un tremendo estremecimiento, el peligro se hace visible: la belleza es justo aquello que apenas podemos soportar40.

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