KonoZer ARAGÓN

06/08/10 Mary-su: Templarios Tema 1: (15’00x3)

Por Mary-Su Sarlat (María Susana Moschini-Molina) Rectora de lo Espiritual y Dama templaria

Lunes 9 de marzo de 2009, por 25 Nuria Gonzalez Danes

El año 1000 de nuestra era no había traído consigo lo que el imaginario popular venía predicando desde tiempo atrás: El fin del mundo. No pocos fueron los casos de personas que, ante la inminencia del desastre proclamado, optaron por suicidarse o cometer los actos más aberrantes pues ¿qué más daba si iban a morir de todos modos lo deseasen o no?

En síntesis, el año mencionado trajo aparejadas posiciones extremas, tan antagónicas ellas como irrazonables. Las jerarquías eclesiásticas clamaban por poder y dinero: la simonía se hallaba en su punto cúspide siendo el tráfico de canonjías moneda corriente. Muy por el contrario, la sabiduría callada tenía austera sede en los claustros monacales que, impregnados en la corriente de Benito de Nursia, tomaron sede en Cluny para posteriormente encarnar en el Císter.

Silvestre II, el Papa del año 1000 como mejor se lo conoce, fue educado en España y se atribuyen varios inventos. Dotado de una inteligencia extraordinaria, (a quien se le atribuían dotes de nigromante, cosa completamente incierta) se cree que lanzó la primera idea de la Cruzada, no estando bien claro si lo que el Papa entendía por ella era su sentida prédica para ayudar a erradicar a los musulmanes de España, o bien aquella otra de connotaciones mas lejanas de lanzar las tropas del cristianismo a la Palestina.

Cien años más tarde, Urbano II encarnaría a la persona que, haciendo suyo lo sugerido por su antecesor, movilizaría Europa con el lanzamiento de su plan y lo pondría en ejecución. En contraposición a la labor encomiable brotada de las abadías, las cúspides institucionales de Roma eran sede frecuente de asentamiento de ilegítimos hijos reales con sitiales adquiridos a efectos de legalizar su imagen.

Los reyes del blasón azul y oro deseaban ampliar sus territorios y consecuentemente, érales menester descabezar a ciertos señores feudales que detentaban amplias e importantes zonas de tierras como así también numeroso vasallaje que contribuía en metálico y especies. Asimismo, se comenzaron a construir obras grandiosas nacidas con la finalidad de homenajear a la vida que continuaba luego del tan controversial año 1000 y la arquitectura dio pié a este florecer artístico que, abandonando el pesado estilo románico, fue trasladándose gradualmente hacia una expresión de grácil ligereza propiciada por los arbotantes del arte gótico. Pero se imponía pagar como era debido a las cofradías de francmasones que, en carácter de ingenieros, obreros calificados y singulares artistas, llevaban adelante estas magnas expresiones edilicias.

Y de pronto, se presentó la ocasión. Las Cruzadas. Urbano II, forjado en los claustros de Cluny lanza en Clermont la primera cruzada y bajo el lema de "Dios lo quiere", la Europa toda se moviliza con la intención de recuperar el Santo Sepulcro. En realidad, Urbano respondía a un desesperado pedido de Alejo I Comneno, emperador bizantino, quien incapaz de recuperar Nicea de los turcos y teniendo a éstos en las cercanías de Constantinopla, se dirigió al Sumo Pontífice y lo convenció de que el relevo de los bizantinos debería correr por orden de los reinos de Occidente, ante el fracaso de su parte de recuperar los lugares ocupados por los seljúcidas. El Pontífice posiblemente acariciaba la idea de finalizar con el cisma entre la iglesia de oriente y la romana a través de la superación de los incidentes que requerían su intermediación, que era deseable finalizaran con el afincamiento de los representantes de la Cristiandad en los lugares santos.

Aglutinados bajo el símbolo de la cruz, el citado Papa logra reunir los requeridos refuerzos europeos y con ayuda de la prédica inflamada de Pedro "el Ermitaño" (quien recorriera Francia, Italia y Alemania con sus pies descalzos y tosco sayo), al que más tarde se le sumaría Gualterio "sin hacienda", la llamada de Urbano caló hondo en la conciencia de numerosos espíritus.

Dentro de un desorden poblado de contingentes militarmente ineficaces, nadie fue rechazado y la sumatoria del voluntariado dio como saldo que miles de artesanos y campesinos vendieron sus pertenencias a efectos de adquirir armas y acompañados por sus familias partieron con destino desconocido.

Se había dado inicio a la Primera Cruzada, la que, comandada por barones y caballeros a quienes movía el más elevado espíritu de servicio, brilló por el ausentismo de reyes y príncipes, quienes, acuciados por problemas considerados por ellos "más serios" dentro de sus estados, no se mostraron proclives a tales abnegaciones. El más claro ejemplo fue el de España siempre en pié de lucha en contra del avance musulmán instalado en el propio terruño. Así y todo, ciertos nobles españoles respondieron al llamado en pro de la recuperación de Jerusalem y de sus sagrados sitios ligados a peregrinaciones desde lejanas épocas.

De modo que, en su afán de respaldar al cristianismo amenazado, en medio de una marcha desordenada que no estaría exenta de actos vandálicos, (supervisados por Ademaro, obispo y delegado papal en la instancia), las turbas impacientes y arrojadas que no tenían nada que perder, sembraron el terror a su paso por los mismos territorios europeos donde saquearon ciudades cristianas y martirizaron a comunidades judías.

Bernardo de Claraval se horrorizó ante la actuación infame de esta masa irrefrenable que se desplazaba anárquicamente encolumnada en el ejército más inorgánico de todos los tiempos, masa cuyo fervor frenético produjo la caída de Jerusalem con la consiguiente matanza aberrante por todos conocida.

¡Cuán inflamado fue su verbo y cuán sincero su pedido de perdón en tierras de ocupación ante aquellos que no lo podían comprender! Para calmar las aguas y otorgarle más seriedad a la empresa, Bernardo abandonó sus infructuosas discusiones teo-filosóficas en París (con el doctor Abelardo entre otros) convencido de que no había nada que hacer en una plaza destinada a la sofisticación y la retórica y se lanzó de pleno a apoyar una segunda cruzada, poniendo énfasis esta vez en las testas coronadas de Europa para lograr un apoyo contundente. De allí en más, los ejércitos contarán con una organización estructurada y coherente, bajo la conducción de la flor y nata del feudalismo con sus monarcas encabezando la empresa.

En efecto, sus conductores dejan regentes a cargo de los regios sitiales y subyugados por una causa tan misteriosa como desconocida y por qué no por los probables beneficios derivados de la misma, optan por relegar a esposas e hijos a una distancia indefinida por el tiempo que ello fuese necesario. Es más, ante el avance sostenido de los moros en España, país vecino, Francia junto a otros países aliados, entiende que se impone salir de las fronteras para frenar el avance islámico. No los rechazarían en su propia tierra como los ibéricos, sino que los retendrían en sus lugares de origen mediante la lid, lanzándoles encima todo el peso con que contaba la armada de la cristiandad.

Aquí se suma el factor político a la idea primigenia de la Cruzada lanzada por Urbano en su momento. Ya no interesaba tanto proteger el camino de los peregrinos en tránsito para lavar sus pecados en Jerusalem, ni tantas otras consideraciones esgrimidas anteriormente. Se imponía, asimismo, el frenar la ruta hacia Europa de los ejércitos del Islam. Pero había que mantener la mística que toda esta colosal operación requería. Y nada mejor que enfatizar sobre el afianzamiento occidental y cristiano en tierras donde nació, vivió y predicó Nuestro Señor Jesucristo. Pero Bernardo, cuya cultivación proverbial le impedía mantenerse en carácter de espectador dentro del escenario internacional de la Cruzada, entrevió más lejos que sus pares. Sopesó que era factor clave el fundar una tropa de élite, que bajo sus dictados y organizada en torno a una estricta Regla por él creada, contase con el apoyo incondicional del Papado y fuera eficaz embajadora de la política y religiosidad francesa. Con esta determinación, se estaba propiciando el nacimiento de las Órdenes de Caballería.

Para ello, funda la Orden de los Pobres Caballeros de Jesucristo, orden de carácter monástico-caballeresca, imbuida de un inusual sentido religioso-militar, la cual estaba llamada a sentar un precedente operativo-especulativo en la historia de los futuros grupos armados al servicio de una determinada causa. Operativamente, se trataba de un poderoso grupo militar de impecable formación para el combate, dotado de una templanza incomparable que le impedía rendirse ante el adversario aún en las situaciones más adversas; especulativamente, el mismo ejército antedicho poseía un intrínseco carácter espiritual de combatir con la ayuda de la iluminación divina a enemigos tan enmascarados como suelen ser los propios demonios interiores (codicia, lujuria, gula, envidia) de todos y cada uno de sus alistados.

Recordemos aquellos viejos grabados que nos muestran a un par de soldados templarios cabalgando sobre un mismo corcel. En la práctica no pudo haber funcionado así, dado que ningún animal podría soportar el agobio extra (durante interminables jornadas) producido por el peso de dos personajes vestidos con cota de malla y demás pertrechos guerreros y menos aún, pelear en esas condiciones de escaso margen de acción. Indudablemente, allí en esa efigie había otra connotación, a saber: Caballero y Monje, Cuerpo y Espíritu, Arrojo y Voluntad, Fuerza y Reflexión….

Mas volviendo a Bernardo de Claraval, ¿cuál fue su móvil promotor de esta singular Fuerza? ¿Qué debieran obtener allá lejos estos templarios aparte de tierras donde consolidarse y luego defender en nombre de Dios Todopoderoso? ¿Su misión tendría un objetivo que establecer de regreso a casa, en el caso de que no se preservasen los territorios conquistados? Lo analizaremos más adelante.

Al apersonarse los primeros nueve voluntarios a título de vanguardia bernardiana en la Ciudad Santa, éstos son alojados por el rey cristiano en las caballerizas ruinosas del templo una vez construido por Salomón en honor de su Dios (y que fuese saqueado tantas y repetidas veces a posteriori), y de allí en más, pasaron a ser caratulados como "Templarios".

Transcurren allí algunos años, no habiendo constancia de su actuación en asuntos de relevancia. Regresan luego a Francia, adonde comienzan a sumárseles aspirantes a través de Alemania, Italia, Inglaterra y España, y esta vez, convenientemente robustecida por el apoyo obtenido, la singular caballería monacal parte nuevamente hacia Jerusalem. Algunos dicen que los movilizaba la finalidad de hallar las Tablas de la Ley, compendio de la sabiduría de todos los tiempos. Nunca se sabrá a ciencia cierta.

Consolidan puestos de ayuda a peregrinos en tránsito y van fundando otros tantos asentamientos en la ruta del perdón. Comienza a destacarse su servicio de banqueros, manejando las letras de cambio que evitan a los viajeros medievales el desplazarse con el metálico necesario para tan largas jornadas de viaje, estada y regreso. Comienza a florecer el intercambio comercial, donde también el tráfico de reliquias ocupará su espacio preponderante.

La Iglesia los eximió de pagar impuestos a la sede católica, del mismo modo que los relevó de oblar al erario público muy a pesar de las voluntades gubernamentales.

Así, tan eficientes banqueros como frugal su vida, recibiendo importantes donaciones de tierras donde asentar bailías, comienzan a lograr una importancia y solidez económico-financiera que propiciará la envidia y la calumnia entre sus detractores.

Mientras tanto, una nueva Cruzada, esta vez de tinte local, sacudiría la occitania, a la fecha un conglomerado detentado por barones, condes y vizcondes de la llamada nobleza rural, que no se sentían representados por el rey de la flor de Lis. Sus propios ejércitos y la voluntad del campesinado vasallo estaban prestos para enfrentar a quien quisiera interferir en su particular modo de vida y costumbres.

Bajo el lema de aniquilar a la herejía cátara, la Corona de Francia incorporaría territorios y bienes que codiciaba desde antaño. Una oportunidad servida en bandeja de plata.

Analicemos como sucedieron estos hechos.

La vida en ésas cortes era próspera y galante y lo que era prohibido en el norte no lo era en el sur. Nobles cultivados pero campesinos, bien poco tenían en común con la iglesia decadente de por entonces y las regias costumbres parisinas.

En un principio, no llamó la atención de nadie cuando una especie de monjes-laicos indigentes venidos inicialmente de Albí, comenzaron a recorrer las comarcas pregonando una nueva religión sin sacerdotes, más ligada a las fuentes del cristianismo de los primeros tiempos (bien que con ciertas modificaciones conceptuales) donde se instaba al desdén hacia la iglesia secular de la época, que, volcada a lo mundano, daba la impresión a los numerosísimos desposeídos medievales de que se había entronizado en los sitiales del poder y no ya en aquéllos meramente relacionados con los del espíritu.

Los señores feudales escucharon el pregón de los recién llegados quienes se expresaban en un contexto de ideas innovadoras, inflamadas y revolucionarias y, poco a poco, fueron cautivados por el desinterés económico exhibido por parte de estos personajes de tan singulares características quienes, mendicantes ellos, aborrecían además todo aquello que estuviese relacionado con el sexo (aparte de los bienes materiales), cuna de todos los males de la humanidad de acuerdo al pensamiento esgrimido en itinerantes pregones.

El Bien y el Mal, era el principio dual que regía sus vidas. Para combatir al Mal que era representado por el cuerpo humano, se aconsejaban insalubres ayunos que llevaban con frecuencia a la pérdida de la vida misma, pues total, brotada ella del pecado, poca importancia tenía. La nueva filosofía cátara ganó un terreno inesperado en un lapso demasiado breve, despertando el recelo del clero oficial y el del rey Luis VIII y su esposa (quien más tarde ya viuda asumiera la regencia de Francia en ausencia de su hijo Luis IX, futuro San Luis, partido a Tierra Santa) Blanca de Castilla, partes éstas que de común acuerdo constituyeron una alianza militar para aplastarlos costare lo que costare.

De modo que, predicada por el papa Inocencio III, vemos que en 1209 es lanzada al ruedo la cruzada albigence que debuta con la caída de Carcasonne y con la muerte de su joven vizconde Trencavel. "¿Cómo reconocer a los cátaros?", nos dice la leyenda que preguntó Simón de Montfort por entonces al Papa. Y éste respondió: "Vosotros matadles a todos. Dios allá arriba reconocerá a los suyos".

Simón de Montfort, ilustre y decidido caballero, se puso al frente de las tropas del poder y a su paso siniestro, la hoguera de la inquisición no dejó de encenderse durante los casi cuarenta años que duró la gesta. También es cierto que el aludido hubo muerto en el sitio de Toulouse en 1218, tras lo cuál su hijo Amaury tomó su lugar.

Sin embargo, poco más tarde el nombrado Amaury, viendo que era incapaz de frenar los movimientos de liberación que se alzaban por doquier, se retira de la escena no sin antes donar todas las posesiones conquistadas por su padre al soberano francés. De allí en más, la intervención personal del Rey se hizo sentir bajo la forma de ostensible presión, para, mediante amenazas, lograr la deserción de Toulouse de las filas occitanas.

La historia nos narra que la resistencia sureña fue denodada. No se cedía un palmo a los requerimientos del de Montfort y los suyos ni a los embates feroces de la Inquisición dirigidos con ardoroso celo por Domingo de Guzmán (futuro Santo Domingo); puestos en la instancia de morir, los accitanos preferían hacerlo bajo sus banderas y su común lengua d’oc, unidos por una causa de carácter "vecinalista" por denominarla de alguna manera, en lugar de plegarse a los dictados de las voluntades emanadas del imperativo norte francés.

De todas formas, veremos que en un confuso episodio que la crónica de la época no ha sabido explicar con claridad, y ya reconquistada Toulouse de las manos de los ejércitos cruzados, su conde Raymond VII es obligado a abjurar de su contraofensiva occitana y pedir públicamente perdón en París a efectos de obtener su absolución, del mismo modo que, sometido totalmente, debe jurar fidelidad incondicional al trono francés. Posicionado entonces en las filas del bando contrario, se vería obligado desde ése momento a combatir la denominada herejía cátara en su nuevo carácter del soldado del rey.

Concluyendo, comenzada como una guerra religiosa para el común de la gente, la cruzada albigence se resume a un despiadado enfrentamiento en torno a conquistas políticas.

Los dominios reales salen fortalecidos de esta sangrienta contienda. Podríamos decir que alrededor de 1271 el languedoc fue anexado definitivamente a la Corona.

Todo concluye de manera tajante con la muerte del último de los "parfaits" (perfectos) llamado Guillaume Bélibaste, quien fuera quemado vivo en la hoguera emplazada en Villerouges-Termenes. Estas conquistas, compensaron en buena parte la pérdida soportada por las arcas reales, atrozmente empobrecidas ante la demanda de enormes recursos proveniente de los cristianos de la otra gran cruzada, la Cruzada Internacional. Lo que hoy conquistaban mañana lo perdían y debían mantenerse ejércitos enteros en pié con dinero fresco venido de Europa.

La tercera cruzada nos muestra el fracaso a que estaban destinadas las tropas occidentales invasoras y su oneroso mantenimiento que les impediría proseguir en funciones.

Con la muerte de Luis IX emprendido ya su regreso a Francia, el espíritu guerrero comienza a decaer y los musulmanes se verán fortalecidos obligando a los cristianos a poner los pies en la ruta hacia sus países de procedencia.

De allí en adelante, la fragilidad sostendría ciertas empresas bélicas de tenor disperso, pero en esencia, lo primordial estaba perdido. Se sostiene que fueron las discrepancias entre los jerarcas de las tropas cristianas, sedientos de supremacía, los que provocaron la pérdida de Tierra Santa. Ante tales desavenencias, Saladino ganó terreno a pasos agigantados y un incidente desafortunado como fue aquel del ataque a una de sus caravanas por parte de un ala sediciosa de los cruzados, irrespetuosa de un tratado suyo con el rey Balduino, terminó con la frágil concordancia mantenida en base a negociaciones entre las partes involucradas.

Consideradas como estrepitoso fracaso por parte de no pocos autores, las Cruzadas aportaron la puesta en marcha de un comercio inusual entre oriente y occidente donde cantidad de mercancías se desplazaban en forma ininterrumpida de un confín al otro propiciando una fluidez de divisas que permitió el florecimiento económico de gente que no hubiese soñado jamás con un tal bienestar en Europa.

Las artes en general, la medicina, las matemáticas, la alquimia, la sabiduría edilicia puesta al servicio de obras formidables, todo vino de la conexión con el Oriente. Es probable que también cierta Iluminación mental haya sido asimilada por parte de los participantes occidentales en la empresa.

Y aquí llegamos al punto donde es menester comenzar a responder algunos de los interrogantes que motivaron la formación de la Orden del Temple.

Indudablemente que el plan "A" contempló como primera medida el apoyo de tan singular fuerza al poder cristiano entronizado en Jerusalem bajo la consigna de mantener el territorio ocupado costare lo que costare, del mismo modo que rastrillar el Templo que les servía de base militar, esto es sus subsuelos y arcaicos escondites, con la intención de hallar las tablas de la sabiduría (otrora guardadas en el Arca de la Alianza) y probablemente dar con algunas reliquias que, se afirma, atesoraban los Templarios.

Ahora bien, toda estrategia contempla una segunda y hasta tercera opción llegado el caso de que el principal objetivo no llegue a buen fin. El engrandecimiento de la Orden del Temple en suelo europeo solamente, donde miles de bailías exentas de gravámenes producían diariamente riqueza bajo un régimen feudal, su flota transportadora de bienes y personas en forma regular, sus préstamos en metálico que generaban más metálico y las incesantes donaciones de nobles que los instituían como herederos de legados de tierras y propiedades, debieron tener un Norte concreto.

Bernardo debió diseñar su caballería de acuerdo a algún propósito específico, caso contrario, todo hace suponer que se trató de una maniobra incoherente sin base de sustentación ideológica. Basados en la ilustración y la fe que fuesen patrimonio remarcable del Santo hombre, nada más lejos de su intención.

De regreso a casa, era materia impensable que la única finalidad de la Orden hubiese sido aquélla de constituirse exclusivamente en banqueros. Si de por sí ya es excepcional la connotación de monje-guerrero, más disonante aún lo es aquélla otra de monje-banquero. Llegados a este punto, debemos contemplar un posible plan B. Lograda una sabiduría extra proveniente de reuniones filosóficas con ilustrados del Islam en tierras de ocupación y sumado lo dicho a sus bienes materiales en continuo ascenso, es dable suponer un patronazgo templario referente a la edificación de castillos, puentes y catedrales, (obras que ya venían siendo gestadas desde un par de siglos antes por los monjes de Cluny) constituyéndose en empleador de una considerable cantidad de acarreadores, obreros, canteros, artesanos y constructores los que durante decenas de años vivieron del trabajo generado por estas magníficas muestras de ingeniería. Tal como sucediese en Egipto donde la conducción brillante del Templo legó a la Humanidad obras de un tenor que nos deslumbran en la actualidad.

Estas últimas, las egipcias, tenían por objeto cantar al pueblo inculto la grandiosidad de sus faraones y dioses, mostrando que únicamente un grupo de sabios elegidos tenían acceso a las mismas. No así las del Temple.

Hemos leído por allí que Ramsés persigue al Sabio que hubo en Moisés, (y no por el contrario al pueblo hebreo que había obtenido su permiso para abandonar el suelo extranjero) quien, atesorando los arcanos del Templo en el cuál fue formado, desdeñó sus principescos privilegios en pos de conducir a un rebaño de artesanos y pastores a una Tierra Desconocida e improbable.

Si la Tierra Prometida de la Orden de los Caballeros del Temple no era Francia, ¿por qué razón pues, regresan nuestros hombres a ella, a confinarse en el castillo de París su gran Maestre y vivir apertrechado junto a sus riquezas? No parece plausible esta hipótesis.

Y allí es precisamente que, desdeñados por un pueblo miserable y hambriento y codiciado su tesoro por un rey decadente y endeudado, comienza en principio del fin para la Orden que nos ocupa. ¿Qué les escapó de las manos mientras continuaban generando ingresos producidos por la labor de sus encomiendas y las divisas de los préstamos?

Un ejército de ocupación, bien que a todas luces desguasado e inactivo, provocó no pocos recelos a las autoridades y la opulencia manifiesta de haberse constituido en un estado dentro de otro estado, fue la antesala misma a la catástrofe.

El hecho de acaparar tanto dinero se cree desestabilizó la circulación del mismo y el contar con una cantidad increíble de propiedades y haciendas en producción, por las cuales no pagaban un real a título impositivo a Hacienda, propició la inquina del aparato oficial y lanzó el desprestigio de la propaganda tendenciosa entre la empobrecida población de París.

Seguramente, las jerarquías de la Orden esperaban la ocasión propicia para el lanzamiento del plan "B", plan éste destinado a catapultarlos a escaños superiores donde les cupiera la posibilidad de forjar una Europa sólida y solidaria mancomunada bajo el cayado de un único Pastor. En buen romance, una verdadera revolución social y cultural que esperaría brillantemente conformada el Advenimiento de Cristo. Se especula que la ambición de nuestros caballeros y la de su ya fallecido e ilustre fundador hubiese sido la constitución de un fuerte poder sinárquico encabezado por un soberano universal respetuoso de Dios, del cual dependieran príncipes iluminados con tendencia a finalizar con la corrupción institucionalizada del clero de entonces y la rapacidad de los estados seculares.

¡Dura meta a conseguir!, si en efecto ésa era la idea primigenia del Santo varón y sus ilustres delegados.

Contando con la intermediación de María Madre y Señora a cuya gloria se erigieran tan egregias catedrales, -(con los trabajos a cargo de los albañiles francos o francmasones, quienes precisamente gozaban de franquicias para el desempeño de su labor, otrora conocidos como Hijos de Salomón y por el Temple convertidos en Compañeros del Deber de Libertad como razón de oficio)- y con la prosecución de tantas otras actividades que se estaban llevando a cabo sustentadas por la solvencia y el saber de la Orden, sólo era cuestión de tiempo el entronizar en los máximos sitiales a las personas consideradas en carácter de probos líderes de la cristiandad.

¿Se trataba de revertir desde sus cimientos el orden imperante, como sugieren algunos autores? No lo podemos precisar con exactitud y en todo caso ante esta sugerencia, revalorizamos la idea de que la regla templaria aplicada al dedillo no propiciaba la participación de los ejércitos templarios en el propio suelo.

Pero hay muchas maneras de llevar a cabo revoluciones. También colaborando con el bienestar de la gente para que ésta tome la iniciativa ante las desigualdades flagrantes y, a la larga, clame por sus benefactores.

Veamos un poco este concepto. Se ha constatado que durante los casi dos siglos de permanencia y desarrollo del Temple, la producción sistemática de sus bailías (conjunto de encomiendas, granjas y haciendas) proveyó de tal manera a la alimentación de los más desfavorecidos, que no se constataron hambrunas durante el mencionado período. Los vasallos de los feudos templarios preferían trabajar para sus monjes-soldados antes que hacerlo para cualquier otro señor feudal. Con el temple no se hallaban sumergidos en la ignorancia, se les daba la posibilidad de aprender guiados por los monjes capacitados y hermanos legos y la distribución de los frutos de su labor era siempre más generosa al momento de las cosechas; se trataba de una comunidad organizada que haciendo acopio de sus excedentes, estaba preparada para soportar períodos nefastos derivados de situaciones climáticas inevitables.

Este campesinado satisfecho, podía hacer extensivo en el tiempo su ideal de cambio, pero antes debería traspasar los confines de la ignorancia, y para ello tenía que alimentarse.

Alimentado y educado, su ejemplo cundiría en la incipiente burguesía y las clases postergadas de la ciudad capital. Los obreros y artesanos ya tenían trabajo asegurado con las catedrales, tesoro principal del Temple si es que alguna vez existió uno que señalar.

Contando la Orden con 2.000.000 de hectáreas solamente en Francia, libres de impuestos a la corona y diezmos a la Iglesia, hubiesen podido poseer el doble en el mediano plazo y es allí donde viene el gran dilema: ¿Qué hubiese sucedido con el poder temporal de la Iglesia, el de los señores y nobles empobrecidos? El poder temporal de cualquier índole, necesita de la contribución impositiva o del diezmo para su mantenimiento.

El Estado estaba cediendo inexorablemente terreno (sin desearlo) a un poderío armado y ya no cabían dudas, con un claro objetivo, cosa ésta que estaba lejos de agradarle. Si la fuerza (ejércitos) que se adquiere con bienes contantes estaba concentraba poco o menos que en el Temple, es claro discernir que la Orden no sólo contaba con ella, sino que el dinero para mantenerla no constituía problema alguno. Así las cosas, los obispos veían venirse abajo sus torres de marfil y mundanos como eran, en breve se veían oficiando como simples hombres de Dios…Y no olvidemos que esos escaños se adquirían, de modo que ¿Para quién iba a ser atractiva la idea de posicionarse dentro de la pobreza? No seguramente para los nacidos en calidad de bastardos del vientre de mancebas de príncipes y reyes…

Pero pensemos en la nobleza misma. Se hubiese visto reducida a servir dentro de una caballería honesta que no permitía los enriquecimientos personales.

¿Y la casa real? ¿Cuál hubiese sido su papel? ¿El de títere en manos de otro poder mayor, esclarecido espiritualmente, además? Demás está decir que los demás soberanos europeos estaban en estado de alerta sobre lo que pudiese suceder en Francia luego de la irrupción definitiva de las tropas templarias y no era precisamente el bien general lo que anidaba en sus mentes codiciosas y guerreras. Pero volvamos a nuestros Caballeros. La Jerusalem celeste sería el emblema a enarbolar por tan singular potencia donde una población formada por lo más preclaro de la cuna monástica, tendría acceso al aprendizaje de las artes y de los oficios donde ganar su sustento en obras que se erigirían poco menos que de continuo y donde lo esencial del saber humano no estuviese restringido exclusivamente a las esferas del poder. Se supone que en la erección de tan magnas catedrales, para poner un ejemplo, se utilizó el cálculo cósmico y la geometría divina probablemente halladas allende los mares y que otrora fuesen compendiadas por el Supremo en las Tablas de la Ley.

En el mundo de las suposiciones todo es posible. Pero prosigamos. El campesinado, conducido magistralmente por monjes laboriosos e innovadores se vería compensado con el no pago de impuestos y una vida asegurada por el trabajo, y no faltarían mejoras en las tierras a labrar, donde acequias convenientemente dispuestas asegurarían el agua necesaria para la obtención sostenida de los frutos de la tierra los que almacenados en amplios graneros, generarían el pan que alimentaría a la población toda. Ergo, el fin del hambre como calamidad ancestral.

Además, el resurgimiento de una clase alimentada y educada cuyo ejemplo cundiría en la Europa bárbara como reguero de pólvora. Todo estaría regido, casi todo calculado y lo que es mejor, sabiamente distribuido.

Demasiado bien orquestado desde la óptica del preclaro San Bernardo y su ideal superador como alabanza al Supremo.

Demasiado utópico a los ojos de un mundo de rapaces escogidos, sedientos de riquezas que no soñaban sino para sí mismos y por lo tanto, nada más lejano para ellos que conjugar el verbo "distribuir". Un rey de hierro, un papa ambiguo y un gran inquisidor de París (Guillermo de París, confesor del de Felipe el Hermoso, Dominico él) no serían precisamente quienes contribuirían de buen grado al bienestar general que podría un día llegar aparejado de la mano del Temple, so pena de perder privilegios.

Para contrarrestar todo ello, los tribunales de la Inquisición se hallaban prestos a sesionar y las cárceles reales a puestas a su total disposición. Un concepto es menester destacar. Nunca el Císter ni la Orden Benedictina formaron parte de los tribunales del Santo Oficio. He dicho.

Ver en línea : OSMTJ - Argentemple.

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