KonoZer ARAGÓN

EL MOSTRADOR

Miércoles 27 de enero de 2010, por 02 Antonio Palomino

Aguardaba su turno en la fila ante el mostrador como uno más, y mientras tanto, por su mente desfilaban imágenes en cascada de los últimos años: el día en que consiguió su primer trabajo, el día de su primer ascenso, pero sobre todo, el día en el que se convirtió en uno de los mejores en su profesión y en como habían transcurrido todos esos años hasta ahora.

Había vivido bien, muy bien. En ningún momento de todos esos años les había faltado de nada a su mujer y a sus hijos. Él, se había codeado con lo mejor y más florido de la sociedad, entre sus amistades había contado con personas influyentes y respetables quienes le respetaban recíprocamente. Esas mismas amistades le apoyaron cuando decidió comenzar la aventura de su nueva empresa, un negocio propio que, dada su experiencia, debía reportarle grandes beneficios y hacer su vida aún más cómoda.

Un día, alguien comenzó a hablar de crisis, alguien alimentó una crisis que al final, acabó alimentándose de todos. La crisis se alimentó también de su negocio, de su empresa, hasta dejarla en los huesos. Se la comió casi sin que él se diera cuenta; no estaba preparado para ello, porque en realidad nunca imaginó que eso fuera a pasarle a él.

Pronto tuvo que dejar de asistir a las fiestas y reuniones de sociedad, puesto que las pérdidas de su empresa terminaron mermando su economía privada. Pronto se dio cuenta de que sus amistades de antaño no pasaban de ser simples conocidos; nadie quería ya apoyar a una empresa perdedora, a un empresario perdedor. Pronto los conocidos dejaron de reconocerle, y… se quedó solo.

Ahora estaba allí, de pie, aguardando su turno frente al mostrador de una oficina de empleo, intentando conseguir un subsidio porque no sabía hacer otra cosa más que lo que había hecho toda su vida, y las vacantes de presidente de consejo de administración eran escasas.

No lo hubiera creído hace tan sólo un año, pero allí estaba, convertido en uno más de esos hombrecillos grises de mediana edad que pululan de mostrador en mostrador exponiendo sus cuitas al funcionario de turno.

Ahora, él era una de esas personas que siempre habían llamado su atención pensando como se las arreglaban para sobrevivir, una persona más con el ceño fruncido, el gesto preocupado y sin un atisbo de alegría en su cara. Un número más, una sonrisa menos, como todos los que estaban allí…

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